¿Quién habla?
- Antonela Nioi
- 8 jun
- 2 Min. de lectura

En Argentina solemos tener una expresión muy peculiar: “Que no te la cuenten” o “A mi no me la contaron”. Estas frases me hacen pensar lo difícil que es la relación a la palabra del otro. Por un lado, la importancia del relato del otro en la vida de todo ser humano es crucial pero, paradójicamente, llega un punto de la vida dónde el cuento contado ya no sirve para seguir y nos deja en el mismo lugar: esperando, escuchando, mirando, siendo hablados.
Hay un momento dónde nos toca decidir qué vamos a hacer con la palabra del otro. Volver a pasar por ahí pero no sólo por pasar sino recordar y repetir para REELABORAR… y de ahí a HABLAR a título personal, con palabra plena, en el mejor de los casos.
Hablar no es decir el “bla bla”, el molinillo de palabras le llamaba Lacan, sino HABLAR. Hablar tampoco es reaccionar o encarnar discursos reactivos y fundamentalistas. Hablar es un acto singular, que sólo se puede hacer en la medida en que uno tiene ALGO PARA DECIR y no cualquier cosa, algo único. A menudo eso único es incómodo, escandaloso, polémico, transformador y rupturista. Pero no me refiero a lo que en los discursos de turno se dice rupturista sino a lo que verdaderamente resulta rupturista porque nadie más lo ha expresado así. A menudo ni siquiera es el contenido sino que hay algo en la forma, el momento y el lugar en que eso que se dice se articula, se emite. Además, suele ser lo que hacía falta de ser dicho, aquello que en ese momento y lugar, se resistía.
Hablar con nombre propio requiere valentía y coraje. Necesariamente da miedo y vértigo pero por otro lado, es la única vía para vivir conforme al deseo propio y a la verdad del propio ser.
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